Damas de asfalto

La flora silvestre surgida durante el estado de alarma nos recuerda su papel esencial en el mantenimiento de la biodiversidad.

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Foto vía @holablueyellow

La flora urbana emergió entre los adoquines mientras la pandemia nos tuvo confinados. Las abundantes lluvias durante la primavera y el cese de las labores de desbroce permitieron la proliferación de herbáceas en rincones habitualmente inesperados. Lo que en otros tiempos nos parecieron “malas hierbas”, renacieron ante muchos de nosotros como un símbolo de vida que se abría paso entre las aceras. La naturaleza, también a través de su fauna -venados, elefantes y jabalíes se pasearon por distintas ciudades del mundo-, reivindicaba un espacio propio. Sin embargo, durante las primeras fases de la desescalada, las labores de limpieza realizadas por los servicios de mantenimiento de los distintos ayuntamientos, de nuevo domesticaron a la flora silvestre más atrevida.

Caroline Heredia, al frente de blueyellow, proyecto especializado en plantas aromáticas cultivadas en la ciudad, se refiere a ellas como “accidentales y sublimes” y, entre las más frecuentes, explica a 20 minutos, podemos encontrar “Diente de León (Taraxacum officinale), Verdolaga (Portulaca oleracea), Malva (Malva sylvestris), Lengua de Vaca (Rumex crispus), Cerraja (Sonchus asper) por mencionar algunas”. En cuanto a los beneficios que podemos recibir de ellas, Caroline los define como “verdaderos manjares para insectos polinizadores que contribuyen a conservar la biodiversidad, restaurar ecosistemas alterados, frenar la erosión e, inclusive, filtrar elementos tóxicos. Además, muchas de estas plantas son alimento y medicina y por último, y no menos importante, son también una posibilidad de conexión y experiencia con la naturaleza”.

¿Cómo hemos percibido los ciudadanos la presencia de la vegetación en el espacio urbano? En general, y según una encuesta realizada por el estudio de paisajismo Irati Proyectos, es aceptada de manera positiva, especialmente la vegetación que muestra flores, siempre y cuando se mantenga en condiciones de limpieza. “Buscamos el orden. En la ciudad lo hemos artificializado todo para tenerlo bajo control. Por eso, en parte, eliminamos lo que no entendemos para qué nos sirve. Lo asociamos, además, con unos referentes estéticos”, explica Puy Alonso, paisajista y bióloga especializada en biodiversidad urbana, al frente de Irati Proyectos. “Nuestra historia reciente, en cuanto a la flora domesticada, ha bebido totalmente de las imágenes centroeuropeas, del césped inglés. Para nosotros es bonito lo que es verde, pero nuestro paisaje en verano se pone amarillo. En España ‘agosto se agosta’ y a la gente lo de la naturaleza seca no le gusta”.

Las conocidas como malas hierbas son retiradas de nuestras calles, además, porque cuando las semillas germinan, a menudo agrietan las aceras o embozan las alcantarillas. Para eliminarlas se utilizan productos químicos, lo que es perjudicial para nuestra salud y el medioambiente. Aunque también se usan herbicidas selectivos para eliminar de las praderas de césped las plantas de hoja ancha, “como puede ser el diente de león, por ejemplo, porque se suponía que el criterio de calidad de las praderas tenía que ser solo de gramíneas, solo de hierba y no podía haber flores”, explica Puy. Desde su estudio proponen utilizar métodos alternativos que no supongan el uso de químicos. Uno de sus proyectos de biodiversidad aplicada es ‘Alcorques vivos’. “Generalmente mantenemos libres de hierbas los alcorques, porque así está limpio y se ve cuidado. Sin embargo, los árboles, al estar en un ambiente artificial, proliferan en ellos plagas que los dañan, como la del pulgón. Cuando sucede, hay que echarle un producto insecticida que se carga al pulgón y a todo insecto que haya por ahí. Por ello propusimos hacer un experimento: sembrar en los pies de los árboles herbáceas de flor, de manera que generemos un entorno favorable al que vengan mariquitas y otros insectos que luego se van a comer la plaga. Así te evitas echar insecticida y propicias un entorno atractivo para ellas y para la población, porque son mezclas de flores bastante estéticas”, cuenta Puy.

Cambiar la percepción que gran parte de la ciudadanía tiene sobre las ‘damas de asfalto’ ha sido uno de los empeños de Alberto Peralta desde que comenzara la desescalada. Miembro fundador de la red de huertos urbanos comunitarios de Madrid y del Colectivo Ciudad Huerto, el programador del Festival sobre huerta y ciudad, "Humus Revolution", documentó la evolución de flores y plantas que crecieron en su barrio durante el estado de alarma. Tras su experiencia, organizó en La Casa Encendida unas jornadas llamadas “Salvajes, silvestres y comestibles” en las que se acercaron a la vegetación silvestre desde 4 miradas transversales: arte, cultura, activismo ciudadano y paisaje. “Lo que se desconoce pasa desapercibido y no genera apego, empatía o curiosidad. Deben ser las instituciones quienes asuman el rol en la gestión de la flora espontánea urbana, integrándola en las zonas verdes y espacios públicos. Hay multitud de ciudades europeas -Lyon y Nantes son dos ejemplos- que decidieron hace más de 10 años suprimir los herbicidas y apostar por la presencia de la flora espontánea en sus zonas verdes por sus múltiples beneficios: aumentan la biodiversidad, atraen insectos polinizadores, son refugio de aves y lugar de alimentación y protegen el suelo contra la erosión, al margen de la mejora del paisaje. Para transmitir esta política de gestión de espacios verdes emprendieron campañas de comunicación ambiental y sensibilización dirigidas a la ciudadanía. Ese debe ser el camino, implicar a la ciudadanía en el cuidado y respeto de esta vegetación”, afirma Alberto. Cuando nosotros no estamos, la naturaleza sigue ahí. Como dice Caroline Heredia, “la flora urbana y el virus, ambos, paradójicamente, son un recordatorio de que la vida es poderosa, que se manifiesta de múltiples formas y de que no tenemos control sobre ella”.

Para 20minutos