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Crédito: Ismael Ferdous

¿Quién paga el precio real de la ropa barata?

A pesar de representar más del 80% de la fuerza laboral mundial en la industria textil, en muchos países los derechos humanos y laborales de las mujeres son vulnerados día a día. Coincidiendo con el 7º aniversario del derrumbe del Rana Plaza, analizamos la situación de las trabajadoras.

Tras la del petróleo, la industria textil, que factura cerca de 2 billones de euros al año, es la segunda más contaminante del planeta. Ocupa directamente a 60 millones de personas (e, indirectamente, el doble). Según la campaña Ropa Limpia, el 85% son mujeres de entre 18 y 25 años. En Camboya, India o Bangladesh muchas viven explotadas, sufren abusos y reciben sueldos por debajo del nivel de la pobreza. La situación puede definirse a menudo como esclavismo moderno. Y esto es una alerta para el comprador: adquirir una camiseta en los gigantes del fast fashion por un puñado de euros con un lema feminista estampado en el pecho, no solo no beneficia a la causa, sino que la perpetúa.

"Esto es una alerta para el comprador: adquirir una camiseta en los gigantes del fast fashion por un puñado de euros con un lema feminista estampado en el pecho, no solo no beneficia a la causa, sino que la perpetúa"

Sin embargo, no tiene nada de ‘oriental’ que la mujer cobre menos que el varón o que vivan constreñidas bajo un techo de cristal. En España, cobran un 22% menos que ellos y, según El Informe Mundial sobre la Brecha de Género, hasta dentro de 115 años esas penosas diferencias, entendidas a nivel mundial, no desaparecerán. “En nuestra industria, más que en ninguna otra, la estructura es bastante piramidal. Arriba, los puestos de mando están ocupados sobre todo por hombres, que son quienes dicen a la mujer cómo tiene que vestir. Y abajo, en la base, toda la mano de obra formada en su mayoría por mujeres, realizando el trabajo más sucio y duro, menos preciado y peor pagado”, afirma Kavita Parmar, diseñadora de origen indio y fundadora de IOU Project, una marca de ropa con base en Madrid. “Tal concentración de mujeres en un mismo sector muestra la ‘segregación horizontal del trabajo’. Es decir, no hay una distribución uniforme de hombres y mujeres en una actividad. Las trabajadoras tienen, así, muy pocas posibilidades de ascender en la cadena de producción”, cuenta Iratxe Arteagoitia, de la federación SETEM y responsable de la campaña Ropa Limpia. “Además, se considera que tareas como la costura no son sino una perduración de las actividades que las mujeres históricamente hemos realizado en el ámbito doméstico. Así que algo que ya hacías en casa para tu familia ahora lo haces en una fábrica, pero remunerado, aunque poco y mal, porque son trabajos considerados como complementarios con respecto a los de sus compañeros varones”, concluye.

La industria en Bangladesh -estos días bajo el foco internacional por el sexto aniversario del complejo fabril de Rana Plaza en cuyo final catastrófico murieron 1.334 personas y más de 2.000 resultaron heridas- es un motor económico muy importante: el 80% de los ingresos es por exportaciones. Tres millones largos de los más de cuatro millones de sus trabajadores son mujeres “Por eso es lógico pensar que las trabajadoras también deberían ser muy importantes y estar bien tratadas. Sin embargo, su salario no llega a los 90€ al mes, cantidad insuficiente para que una sola persona pueda sobrevivir, y menos si tiene hijos a su cargo”, afirma Kalpona Akter, directora del Bangladesh Center for Worker Solidarity (Centro para la Solidaridad de los Trabajadores). Una situación que se agrava debido al coronavirus, pues con unos ingresos tan escasos, que apenas alcanzaban para cubrir sus costos de vida, es difícil hacer frente a los gastos de comida, alquiler y otras necesidades, como podrían ser los derivados de un posible tratamiento médico.

Por otra parte, el contexto laboral sigue siendo muy represivo y las trabajadoras están muy desprotegidas. Con jornadas de once horas, seis días a la semana, si no cumplen con los objetivos de producción, muchas veces inalcanzables, no les pagan el salario o incluso les pegan. Y los sindicatos, a pesar de que tras el derrumbe de Rana Plaza han aumentado en número considerablemente, siguen siendo un instrumento politizado. “Los trabajadores tienen derecho a formar sindicatos, pero, al final, muchos son amarillos, es decir, inducidos por las propias empresas. Y muy a menudo, quienes legislan –parlamentarios en su mayoría- son los propietarios de las fábricas, por lo que no sirven para denunciar la vulneración de los derechos de las trabajadoras”, cuenta Kavita. Por ese motivo, en los últimos años el número de sindicatos se ha visto mermado de nuevo. “Tienen miedo a la persecución o a entrar en listas negras que luego pasan de unas fábricas a otras e impide que las trabajadoras sean contratadas”, explica Iratxe. Una represión que Kalpona vivió en primera persona cuando hace unos años, y siendo trabajadora en una fábrica textil, decidió organizarse para luchar por sus derechos. “Me mandaron a la cárcel por intentar defender los derechos de mis compañeras y trabajadoras. Pasé allí un mes. También una compañera fue raptada y torturada casi hasta la muerte por intentar organizar un sindicato. Hoy, las trabajadoras tienen que enfrentarse a los mismos problemas”, nos cuenta. Un estudio de CARE Internacional pone de manifiesto que la mayoría de las trabajadoras del sector de la confección tienen poco conocimiento del papel de los sindicatos y que, por otra parte, muchos siguen dominados por hombres.

Lo más paradójico es que cuando a las mujeres de la industria se las capacita, la rentabilidad aumenta, mejoran las condiciones de vida de la comunidad y se desarrolla una cadena de suministro más sólida, segura y sostenible. Eso concluye el informe de Cotton Connect, Planting the Seed: A Journey to Gender Equality in the Cotton Industry (Plantar la semilla: un viaje hacia la igualdad de género en la industria del algodón) demostrando que el empoderamiento de las agricultoras de la industria del algodón en India no solo aumenta sus beneficios (40%) y su rendimiento (16%), sino que también influye en la reducción de más de un 15% en el consumo de agua y en un 43% del uso de plaguicidas químicos. Y es que, como recuerda Kavita, “si enseñas a leer a una mujer, enseñas a una familia”.

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