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'Mujercitas', una simiente de libertad
Tan progresista como conservadora, la novela de Louisa May Alcott sigue siendo igual de desafiante, contradictoria y seductora que hace 151 años.


‘Mujercitas’ puede resultar ambigua. Para entender la confusión que tras siglo y medio sigue generando, ayuda saber cómo surgió el proyecto de escribirla: por encargo. ¿El objetivo? Ofrecer un “relato de chicas” que reforzara ideales de feminidad como la sumisión, la obediencia y la entrega al matrimonio. Sin embargo, Alcott, pese a respetar las convenciones de la prosa doméstica del siglo XIX, se atrevió a colar por una rendija algunas promesas: que las mujeres también podían ser libres, independientes y dedicarse a lo que quisieran. Y lo hizo especialmente a través de Jo, la segunda de las cuatro hermanas March, protagonistas de esta historia.

Desde su publicación en 1968, la novela atrapó a lectores de todo tipo, convirtiéndose en un fenómeno cultural cuyo mensaje continúa hoy vigente. En España, no obstante, hasta el 2004 no se publicó la edición original y sin censura. Esto último debido a la insistencia del editor en modificar algunos pasajes y eliminar otros considerados improcedentes. Una purga que no solo invisibilizó el mensaje reivindicativo de la primera versión, sino que contribuyó a que fuera considerada como una obra menor, cargada de sentimentalismo y pasada de moda. A pesar de los obstáculos, la novela es un clásico continuamente reactualizado por el cine, la televisión o el teatro. Su influencia es tal que mujeres como Simone de Beauvoir, Úrsula K. Le Guin o Patti Smith confesaron que en su protagonista, la adolescente Jo, encontraron un modelo inspirador para rebelarse contra los ideales de feminidad establecidos.

La historia de ‘Mujercitas’, ambientada en Massachusetts, gira en torno a las hermanas March: Meg, Jo, Beth y Amy. Su padre, un sencillo capellán, partió al frente de la guerra de secesión americana, por lo que viven solas con su madre, aprendiendo a ser mujeres según las convenciones sociales y morales de la época. A través de todas ellas, Alcott exploró los roles femeninos del siglo XIX e, incluso, propuso otros nuevos. Ejemplo de esto último es Jo, la segunda hermana, de 15 años, apasionada de la escritura y de maneras masculinas. Prefiere ir a la guerra, como su padre, que “quedarse en casa y tejer como una mujer mayor remendona”, asegura a sus hermanas. “Debería escribir libros, hacerme rica y famosa”, confiesa. Un desafío al género que es acentuado por los nombres: el de Jo y el de su mejor amigo y primer amor, Laurie, joven con gusto por actividades consideradas femeninas. Apodos que en ambos casos pueden en un primer momento atribuirse al sexo opuesto, algo que el lector no tiene del todo claro hasta avanzada la lectura. De esta manera, planta la autora una simiente de subversión y cuestiona las diferencias biológicas como argumento válido para legitimar las desigualdades de género.

Pero si el espíritu de Jo es tan independiente y adelantado para su época, ¿cómo acaba casada con un señor más mayor, teniendo dos hijos y dejando sus sueños de escritura suspendidos? De nuevo esa indeterminación se explica por el empeño del editor en que todas las hermanas debían contraer matrimonio. Encerrona en la que Alcott encuentra un resquicio por el que alterar las expectativas. No la casa con Laurie, su amor de la infancia, quien sí querría llevar una vida al estilo tradicional; sino con el profesor Bhaer, años mayor, y con quien comparte inquietudes intelectuales. El hecho de que Jo esté al frente de una escuela para chicos, además, le permite vivir una vida poco convencional, aunque siempre en los límites de la domesticidad.

Louisa May Alcott defendió su independencia y el derecho a expresarse creativamente. A través de la figura de Jo, como un reflejo de su propia vida, nos muestra un modelo de mujer fuerte que se desenvuelve en el contexto de las estructuras patriarcales. De ahí la contradicción, en la ficción y en la realidad, que viven las mujeres: la educación recibida dificulta y reduce la lucha para difuminar las barreras que suponen los estereotipos de género. No por ello, nos invita a pensar la autora, debemos abandonar la tarea de ensanchar y consolidar esos márgenes en los que florece la libertad.

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