Virginia Woolf

Una habitación propia, un techo de cristal 

Dinero y un espacio propio. Dos condiciones imprescindibles para que la escritura de las mujeres fuera posible. Esa es la ‘pepita de verdad pura’ que Virginia Woolf nos dejó como herencia en “Una habitación propia”, publicado en 1929. Noventa años después, a pesar de que las demandas se han perfilado y las posibilidades creativas de las mujeres aumentan, todavía reclamamos reconocimiento, visibilidad y retribución justa para la literatura escrita por mujeres.

“El mundo del libro es un sector feminizado, en el que el 80 % de los puestos de trabajo los ocupan las mujeres y en el que encontramos que el 66,5 % de las mujeres lee habitualmente frente al 57,6 % de los hombres. A pesar de esto, y como ya es habitual, los cargos de responsabilidad, los premios literarios y ‘los autores universales’ siguen estando plenamente masculinizados”, apunta el manifiesto de Las mujeres del libro, grupo nacido al calor del memorable 8M del año pasado -¿quién había visto tantas mujeres juntas por todo el globo?-  y del movimiento #MeToo. Los abusos, la brecha salarial y el techo de cristal son ahora algunas de las reclamaciones que persisten en los nuevos escenarios de producción. Ya lo sabemos: estas quejas no son de hoy, ni de ayer siquiera. Vienen del siglo pasado, por lo menos. Woolf imaginaba cómo sus compatriotas Jane  Austen y Emily Brontë, brillantes excepciones, hubieron de afrontar abrumadores en la Inglaterra victoriana para seguir escribiendo y publicando. “Qué  genio, qué  integridad  debieron  de  necesitar,  frente  a  tantas críticas,  en  medio  de  aquella  sociedad  puramente  patriarcal”, escribía pensando en ellas.

Linajes literarios

La americana Joanna Russ publicó en 1983 “Cómo acabar con la escritura de las mujeres”, editada este año por primera vez en España por Barret y DosBigotes, lo cual resucita el mensaje: existen mecanismos de poder que silencian a literatas novecentistas de su país como Emily Dickinson, Ellen Glasgow, Anne Sexton o Adrienne Rich. La propia Russ dice que su libro es como el esbozo de una herramienta analítica en busca de patrones de comportamientos antifeministas que invisibilizan la influencia de las escritoras, apartándolas del linaje de los buenos literatos. Artilugios de control para minimizar e invisibilizar la influencia de las escritoras, dejándolas al margen de una genealogía literaria, como si, a pesar de la genialidad de sus obras, no tuvieran antecesoras en la literatura, como si su influjo no hubiera alcanzado a nadie.

También se reivindica hoy la literatura hispanoamericana escrita por mujeres en el siglo XX. Así, en “El coloquio de las perras” (Capitán Swing, 2019), Luna Miguel recupera el título de un cuento de Rosario Ferré publicado en 1990 con el que la puertorriqueña analizaba el canon del boom latinoamericano, dominado por un sesgo claramente masculino. Como un homenaje a las autoras hispanas olvidadas por la academia y la historia, De Miguel realiza un “retrato urgente”, a modo de “catálogo de ausencias” de ese listado universal a través de las figuras de Elena Garro, Gabriela Mistral, Marvel Moreno y Alejandra Pizarnik, entre otras. Un trabajo que se suma a la relectura feminista en la última década del corpus literario occidental.

Nuevas voces

En los años recientes, escritoras, editoras, académicas y periodistas han llevado a cabo una labor de recuperación de esas voces femeninas silenciadas que ofrecen nuevas visiones del mundo. Para Luna Miguel, son muchos los textos actuales los que podrían considerarse la ‘nueva habitación propia’. Algunos de los ejemplos que comparte son “Cambiar de idea”, de Aixa de la Cruz, “Amnesia colectiva”, de Koleka Putuma o novelas como las de Sally Rooney. “Hoy 'Una habitación propia' no lo firmaría una sola mujer, sino muchas, de distintas edades, procedencias y países. Las manifestaciones del 8M son nuestro cuarto propio, no me cabe duda”, concluye.

Diferencias

¿Cómo se dificulta el acceso a la literatura escrita por mujeres? Tachándola de género menor y de enfoque particularista y ‘femenil’. Que las mujeres no escriben como los hombres, no hace sino estimular una interesante diferencia. Sería una “lástima  terrible  que  las  mujeres  escribieran  como  los  hombres,  o  vivieran  como los  hombres,  o  se  parecieran  físicamente  a  los  hombres,  porque  dos  sexos  son  ya pocos,  dada  la  vastedad  y  variedad  del  mundo;  ¿cómo  nos  las  arreglaríamos, pues,  con  uno  solo?  ¿No  debería  la  educación  buscar  y  fortalecer  más  bien  las diferencias  que  no  los  puntos  de  semejanza?”, se preguntaba Virginia Woolf. Una disparidad -todavía condenada y limitante- que debe ensancharse para incluir en su causa discursos lo más diversos posibles. Para Elena Medel, poeta y directora de la editorial de poesía La Bella Varsovia, es imprescindible desarrollar una conciencia igualitaria. “te enfrentas a dificultades mayores según los privilegios que no poseas”, opina. “Género, clase, raza, identidad sexual… A cada circunstancia diferente a las de las estructuras inamovibles, una nueva zancadilla. La visibilidad actual de ciertos discursos —pienso en los del feminismo o las identidades LGBTI+— me despierta muchas preguntas. El mercado recoge un interés, lo fomenta y moldea, lo rentabiliza: ¿qué sucederá dentro de tres o cinco años? ¿Y cuántas mujeres intervienen en los procesos de esos libros escritos por mujeres? ¿Han cobrado una remuneración justa? Porque el feminismo no trata solo de nosotras, sino que se trata de una lucha interseccional”, concluye Medel.

Símbolo de emancipación

La ‘pepita de verdad’ que plantó Virginia Woolf echó tales raíces que su mensaje ha atravesado no solo a nuestras abuelas, a nuestras madres o a nosotras mismas. Las hijas de nuestra generación también se van a ver envueltas por las estrategias sociales y culturales que invisibilizan y frenan la escritura de las mujeres. “Una habitación propia” es un punto de referencia que durante casi un siglo ha invitado a las mujeres a contar sus experiencias, a crear genealogía y a mostrar visiones de un mundo en el que convive la diferencia. Acercarse a la lectura de su ensayo es desvelar esos mecanismos de control del patriarcado, golpear el techo de cristal y poder dirigir los esfuerzos hacia la independencia. 

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